
«La mujer líquida espera en la arena de un reloj, no sabe lo que le depara el futuro. Su boca rubia succiona el vaso y separa con la lengua los hielos del limón. Un iceberg se apodera del momento, el sol es una perla que derrite el alcohol de su cerebro. Mientras bebe divide el mundo en dos, el horizonte separa la ginebra de la tónica, pero los azules perciben una lanzada de luz que atraviesa su hígado en vertical. La sangre cae sobre la playa amarilla, las olas se arrastran y se llevan los restos del naufragio. La herida es profunda pero lleva mucho tiempo cicatrizando. El deseo no queda saciado con un solo trago de presente. La mujer te mira fijamente y mata la sed para recordar que está viva, quiere aspirar el mar, quemar los barcos, pescar marineros. Con ansia se sumerge en el vaso como si fuera el lago azul, la bañera de un hospital, el charco de la infancia. Introduce la lengua, chupa suavemente el jugo de la fruta, absorbe el veneno. Durante el sorbo el tiempo de espera se congela, el impacto se limita al placer inicial, la mujer se transforma en sirena de la imaginación». Carlos Sánchez Alberto