:: Hay algo de Frankenstein en nosotros, sobre todo, en quien recibe del otro. El deudor vive de una paradoja, necesita que alguien le dé el tiempo, el espacio, la confianza o el dinero que le permitan entregarse a aquello que, por definición, no sabe todavía qué será. El hermano ocupa entonces el lugar extraño de Prometeo, proporciona el fuego, pero el deudor es quien debe intentar convertirlo en algo que justifique haberlo recibido. Conozco esa gratitud y también su sombra.
La generosidad real, hace más difícil sentirse a la altura. Recibir es una forma secreta de derrama. No una deuda económica, exactamente, sino la sensación de que cada momento debería estar a la altura de aquello que se nos ha concedido. Y entonces aparece el miedo, ¿qué ocurre si lo que hago no vale lo que Frankenstein ha creído que valía yo?
Prometeo da; uno sostiene, el otro transforma. Pero hay días en que el uno mira sus manos y no encuentra nada. Solo el vacío, esa habitación interior donde ninguna obra termina de llenar la deuda. Entonces comprende que quizá la creación no consiste en devolver exactamente lo recibido. Nadie puede hacerlo. La obra nunca restituye el don, lo desplaza. Esa es la única forma de agradecimiento, aceptar que el fuego que me entregaron nunca podrá devolverse intacto. Solo puedo mantenerlo encendido. arthur/calber

imagen::calber/dsg_foundation