:: 58 golondrinas

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Aquel día, mientras la lluvia caía mansa sobre los campos, en Madrid las obras del aparcamiento de automóviles de la Plaza Mayor avanzaban con paso firme. Columnas y encofrados ascendían hacia su nivel definitivo, como si quisieran recordarnos que, sobre la Historia, late siempre el presente: arriba la piedra y la memoria; abajo, el estruendo de motores. Dos escenarios distintos unidos por la misma fecha y por el pulso incesante del tiempo.

“¡Dios mío, 58!”, podría exclamar hoy quien repasa el calendario y siente el vértigo dulce de las décadas cumplidas. Porque aquel 1 de marzo no fue un día cualquiera. En el folclore popular español se celebra el Día del Ángel, jornada que tradicionalmente marcaba el final del invierno y el despertar de la primavera agrícola. Era costumbre decir que con marzo llegaban las primeras golondrinas, mensajeras del buen tiempo y símbolo de fidelidad al hogar al que siempre regresan.

Así, entre la lluvia suave y la promesa de la nueva estación, Mari y Guillermo comenzaron su andadura compartida. Más de medio siglo después, su historia resuena como esas campanas que aquel día anunciaron su unión: solemne, sentimental y luminosa. Como las golondrinas que vuelven cada año, su amor ha sabido regresar siempre al mismo nido, fortalecido por el paso del tiempo y celebrando, con alegría serena, el milagro cotidiano de cincuenta y ocho primaveras compartidas. Arthur Inclán


:: espejo

«La escena de Rubens parece suspendida fuera del ruido del mundo. Cupido sostiene un espejo y Venus se observa, no con vanidad, sino con una quietud que invita a pensar. Las flechas reposan en el suelo, como si la acción hubiera sido aplazada. Nada urge. Todo espera» El sastre de Apollinaire

::en el silencio visual encaja una idea profundamente humana: hay tantas cosas de las que preocuparse que, al no saber por dónde empezar, quizá la mejor decisión sea no hacer. Una rendición lúcida, la aceptación de que el ánimo tiene estaciones. Hay días en que la luz cambia y nos descoloca, en que una tristeza sin nombre nos deja en observación, como si fuéramos territorio incierto. Y, sin embargo, basta a veces un sueño breve, un cuerpo que descansa para que algo regrese a su sitio. Cuando dejamos de forcejear con la avalancha mental, algo empieza a ordenarse por dentro, como una habitación que recupera su forma cuando cesa el viento. No todo exige respuesta inmediata. A veces basta con sostener el espejo y descansar en él. Desde esa aceptación tranquila nace una forma de estar en el mundo, un deseo limpio, y la certeza de que siempre habrá un lugar donde la luz vuelva. Arthur Inclán & calber

imagen: Rubens & calber

La pintura Venus y Cupido (hacia 1606–1611) de Peter Paul Rubens, conservada en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, es una muestra significativa del diálogo artístico entre el maestro flamenco y Tiziano. La composición representa a Venus, semidesnuda y envuelta en telas blancas y carmesí, contemplándose en un espejo que sostiene Cupido, mientras el arco y las flechas reposan a un lado. La obra ha sido relacionada con las copias que Rubens realizó de Tiziano durante sus estancias en España e Italia, especialmente tras su segundo viaje a Madrid (1628–1629). La datación se sitúa mayoritariamente entre 1606 y 1611. El lienzo ingresó en la colección Thyssen-Bornemisza en 1957.

::el chupete

La abuela sabe que las heridas más hondas no siempre sangran. Recuerda una mañana de invierno, mientras la casa olía a guisos y a ropa recién lavada, vio a su nieta con el chupete puesto, aferrada a él como si fuera un pequeño ancla rosado. Deja que vea tu preciosa carita —pensaba la abuela— y con la confianza que da la sangre y el amor sin medida, se inclinó, sonrió y, con suavidad, se lo quitó. —Vamos a guardarlo —dijo—. Tu boca está hecha para besos grandes.

Tras este pequeño gesto llegó una tormenta breve. El enfado de la madre, firme, estruendoso, inevitable que recuperó el chupete como quien defiende una frontera. Las palabras fueron pocas, pero suficientes. La abuela sintió cómo algo punzante se le quedaba dentro, como una astilla invisible. No era el chupete era el gesto. Descubrir que el territorio del cuidado nunca le perteneció.

Aquella noche, la abuela lloró en silencio. No por orgullo, sino por amor. Porque cuando a una solo le queda ser refugio, cuesta aceptar que debe quedarse en el patio, esperando a que la llamen. Recordó un viejo proverbio que decía que, si nada va bien, hay que llamar a la abuela. Y entendió que a veces las abuelas están para amar y arreglar cosas… incluso cuando no las dejan.

Pasaron los días. La herida no desapareció de inmediato, pero se transformó. La niña siguió creciendo. Un día dejó el chupete por sí sola. Otro día, se cayó en el parque y, sin pensarlo, corrió hacia su abuela. Entonces la abuela comprendió que los abuelos son, de algún modo, los ángeles discretos de los nietos: no imponen alas, solo las sostienen cuando tiemblan. Y que aunque a veces duela no poder disfrutar de ellos como una quisiera, el amor paciente siempre encuentra su lugar. Y le explica ahora a su nieta, que aquel día del chupete fue una siembra torpe pero sincera. Que las abuelas que crían, cuidan o simplemente esperan, dejan huellas que no siempre se ven en el momento, pero que el corazón guarda para siempre.

Porque el amor de una abuela no se mide por las veces que puede intervenir, sino por las veces que, aun doliendo, elige callar. Y callarse, al final, es la forma más profunda de amar. Los abuelos dejan huellas en el corazón de sus nietos.

Fuente: Cuentos ocultos de Europa del Este (Antonia Barber, Paul Hess, Shena Guild) Una antología que incluye cuentos de Rusia, Eslovenia, entre otros, versionados con un estilo elegante y fresco. Son cuentos tradicionales, poco conocidos, recopilados entre 1855 y 1928, que destacan por sus valores.

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::error

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::amanece como una ventana cerrada. En la pantalla del día parpadea un mensaje definitivo, “no se puede acceder a este sitio web”. Lo leo en el vapor del café, en las vitrinas de cartón. Hay algo ligeramente administrativo en la tristeza, en el intento de actualizar la página inútil. El parque está lleno de parejas que caminan con naturalidad bajo la luz, animales altamente salvajes en el patio. Pienso en el amor como en un dominio de militares de varios países. No se puede acceder, repite una voz de notificación, de moderna metáfora. Los sistemas que parecen absolutos tiemblan antes de reiniciarse. El amor, a veces entra como una actualización silenciosa que ocurre mientras duermes. Te despiertas y la interfaz ha cambiado. Quizá el error sea una pausa, problemas técnicos de mantenimiento, una pantalla en blanco donde el futuro respira. Y entonces, el mensaje cambia. La ventana se abre, siempre estuvo destinada a abrirse. El amor vuelve a cargar, se revela cuando menos lo esperamos, en los detalles. Arthur Inclán & calber

:: kuki

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María Luisa Canora Rodríguez (Madrid, 1968 – Segovia, 2026). Una mujer que no pasó por la vida, la atravesó. —Esperar —decía—. ¿Esperar a qué? esperar no tiene sentido. Amó la vida sin pedir permiso y la exprimió con una mezcla irresistible de descaro, ternura y magia. Fue alegre incluso en los días torcidos, optimista cuando el destino hacía trampas, divertida por instinto y aventurera por necesidad vital. No sabía vivir en línea recta; lo suyo era el vértigo, la intensidad, el ahora.

Marisa Canora Rodríguez, desde muy joven supo reconocer el brillo auténtico. Estudió Gemología y aprendió a ver diamantes donde otros solo veían piedra. Después se marchó a Londres a perfeccionarse, porque el mundo era demasiado grande como para mirarlo desde una sola ventana. Y viajó, sin mapa y sin miedo. Dubái, México, islas, aeropuertos, carreteras infinitas, sierras y caminos cruzados. Parecía conocer a todo el planeta, o quizá era el planeta el que la reconocía a ella.

Mamáchicho Canora Rodríguez fue el espíritu de los 90 hecho carne. Descaro, erotismo festivo y una alegría tan contagiosa que convertía cada plató en una celebración. Aquella televisión grabada en neón encontró en ella una de sus luces más genuinas: plumas al viento, bikini audaz y sonrisa peligrosa. No solo bailaba: hipnotizaba. Años después, en First Dates, confesó con esa ironía suya lo que de verdad le apetecía: “Que me abdujeran un día, me metieran en una nave, me hicieran lo que fuese y luego bajar”. Y, de algún modo, lo consiguió. Terminó viviendo una vida extraterrestre: distinta, luminosa, fuera de lo común.

Tarot Canora Rodríguez fue clarividente y médium durante más de treinta años. En gabinetes y call centers ofrecía su versión más luminosa. Fue influencer antes de que la palabra existiera. En su canal demostró que el tarot podía ser luz, humor y verdad a la vez. Chispeante y rigurosa, con un don sensitivo natural, leía vibraciones, abría caminos y conversaba con ese otro yo que todos guardamos en silencio. Amor, ansiedad, dudas, futuro, cuerpo, cabeza… La respuesta parecía estar siempre en su próxima tirada.

Poesía Canora Rodríguez, escribía desde la grieta, con un pulso trágico y luminoso a la vez. “Porque yo y no tú… porque yo y no ellos”, repetía, interrogando al destino como quien desafía al cielo. Hablaba de “alegrías grises” y “esperanzas perdidas”, del lamento como consuelo y del tiempo lento y cruel; pero, incluso ahí, buscaba palpar el alma. Para ella la poesía no se rendía al dolor, sino que lo atravesaba hasta encontrar su luz.

Amor Canora Rodríguez, intensamente y sin moderación. De Irlanda, de Rusia, de Kuwait, de Pablo, de Peter… amores con acento hipnótico y alma nómada. El último fue un amor sanador, adulto, verdadero. Y aquí su vida se vuelve susurro. De todo ese amor vivido sin medida, de forma casi misteriosa, surgieron dos ángeles: Mara y Grace. No se explican; se sienten. Eternos, luminosos, presentes más allá del tiempo.

Madre Canora Rodríguez, hija, hermanas, gatas y perros, muchos, demasiados para contarlos sin sonreír. Mujeres y animales recogidos, adoptados, heredados, encontrados o, como ella decía, “enviados por el universo”. También fue nieta ilustre del pintor valenciano, de principios del siglo XX, Manuel Rodríguez Beltrán. Fue hija: “Madre, cómo te extraño, necesito sentirte a mi lado”. Y ahora que no puede oírla, la siente más que nunca. 

Kuki Canora Rodríguez, la Kuki, nos encontró en Londres, donde fuimos felices, donde todo ocurrió. Se despidió de este plano en una Segovia en nieves, bajo la presencia silenciosa de la mujer tumbada, de la Sierra de Guadarrama cuya línea dibuja el perfil de una mujer que, al intentar detener una lucha, quedó convertida en montaña. No deja de ser una imagen poderosa para quien también vivió sin miedo el combate contra la enfermedad. Tenía 57 años, aunque la edad nunca supo describirla. Lo suyo no fue un final, sino un cambio de escenario para alguien que jamás dejó de explorar.

Hoy no se la llora. Se la imagina riendo, guiñándonos un ojo y diciendo: “Tranquila, Kuki… todo está fluyendo”. Porque hay personas que no se van: se transforman en energía, se quedan habitando lo invisible. Bruja como era, escribió un 16 de enero, hace siete años: “En globo o a lomo del caballo, a lomo del abismo, galopando me desplazo vertiginosamente hacia un rumbo sin nombre”.

Gracias kuki, continúa volando en lo invisible, guiándonos desde tu luz.

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:: ceres - creta

::La niña sabe que moverse también es una forma de crecer. En aquella isla creyó reconocer algo antiguo, una memoria. Caminó entre flores como quien sigue señales y pensó en las diosas de la Tierra, en todo lo que crece despacio, en lo que se pierde para poder regresar. Comprendió que quedarse también es una forma de amor, aunque el cuerpo pida orden y la cabeza repita que está en esa edad en que todo es por si acaso. Y aun así, algo empuja, de pronto no hay tiempo que perder. Quiere poner orden en su vida, aprender que la libertad, en el mundo moderno es el interior, ese lugar desde el que se puede volver. Tal vez viajar no sea siempre irse lejos, sino saber desde dónde partir. La confusión no es el enemigo, es el mapa. Y ella, que sigue siendo niña por dentro, aprende a leerlo como antes leía los cuentos y ahora lee los prospectos. Entonces ocurre algo curativo, la niña interior deja de tirar de la manga y se sienta a su lado. No pide huir ni quedarse, solo respirar. Afuera florece la tierra; adentro, el caos se aquieta. Ella eleva el corazón y entiende que crecer es avanzar llevando consigo a todas esas niñas, juntas, listas para el próximo viaje. Arthur Inclán & calber

imagen::calber - Homenaje a mi prima y las primas fans

Vida

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.
Tengo deseos de reír; las penas,
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.
El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.
Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

Alfonsina Storni


imagen:: Martin de Vos. La Tierra. Siglo XVI. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado

:: pitágoras y luminón

imagen:: calber - (fragmento) La escuela de Atenas. Rafael Sanzio. 1509–1511. Fresco, Renacimiento italiano. Stanza della Segnatura, Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano. 


::allí donde los iniciados exploran no solo los números sino las señales, Pitágoras observó largamente a uno de sus discípulos amigos: Luminón. El maestro, célebre por haber formulado el teorema que unía para siempre geometría y cadencia, veía en él un reflejo vivo de sus propias paradojas: carisma y misterio, poder y duda.
—Tú has venido a iniciar caminos —le dijo Pitágoras—. Tu energía se adelanta a los demás, empuja, siembra ideas como quien abre senderos nuevos. Los otros te siguen sin que impongas, porque tu ejemplo convence. Pero cuida —añadió con voz grave—: cuando olvidas tu propio centro, puedes hacer que los demás dependan de ti… o depender tú de su mirada.
Luminón escuchaba en silencio. Por fuera, era curioso, poco amigo de rutinas, capaz de liderar proyectos y personas con entusiasmo casi infantil. Por dentro, sin embargo, vivía retirado en una cueva mental: su alma buscaba comprenderlo todo, desentrañar la verdad, observar antes de actuar. Esa mente brillante, analítica y espiritual lo hacía justo y leal, pero también podía encerrarlo en sombras mentales, culpas heredadas y un miedo persistente a no ser comprendido.
Pitágoras sonrió, como quien ve una figura geométrica incompleta.
—Tu poder es real —continuó—. La abundancia puede fluir a través de ti si te disciplinas y confías. Estás llamado a aceptar ayuda para ayudar a otros. Pero hay en ti un niño: cuando juega, crea y contagia alegría; cuando se hiere, se dispersa o se esconde. Escúchalo sin dejar que gobierne.
El maestro sabía que Luminón traía dones de nacimiento: la palabra que reúne, la capacidad de crear familia más allá de la sangre, el impulso de proteger y servir a la comunidad. En tiempos de crisis, era firme; en la vida cotidiana, amoroso y entregado. Sin embargo, su misión era aún mayor: elevar la conciencia colectiva, enseñar, construir vínculos duraderos y manifestar con cuidado aquello que nombraba, pues su voz tenía fuerza creadora.
—No has venido a brillar solo —concluyó Pitágoras—, sino a unir. No al aislamiento, sino a la comunidad. Comparte lo que sabes, medita para aquietar la mente, pon límites a tu dar y camina acompañado. Así tu destino encontrará proporción, como todo lo verdadero.
Esa noche, mientras las estrellas trazaban teoremas y reencantamientos, Luminón comprendió que su vida, como los números, pedía equilibrio: entre liderazgo y humildad, entre soledad y encuentro, entre pensar y vivir. Arthur Inclan / calber / TGG-JC