
Aquel día, mientras la lluvia caía mansa sobre los campos, en Madrid las obras del aparcamiento de automóviles de la Plaza Mayor avanzaban con paso firme. Columnas y encofrados ascendían hacia su nivel definitivo, como si quisieran recordarnos que, sobre la Historia, late siempre el presente: arriba la piedra y la memoria; abajo, el estruendo de motores. Dos escenarios distintos unidos por la misma fecha y por el pulso incesante del tiempo.
“¡Dios mío, 58!”, podría exclamar hoy quien repasa el calendario y siente el vértigo dulce de las décadas cumplidas. Porque aquel 1 de marzo no fue un día cualquiera. En Gales se celebra San David, en el folclore popular español se celebra el Día del Ángel, jornada que tradicionalmente marcaba el final del invierno y el despertar de la primavera agrícola. Era costumbre decir que con marzo llegaban las primeras golondrinas, mensajeras del buen tiempo y símbolo de fidelidad al hogar al que siempre regresan.
Así, entre la lluvia suave y la promesa de la nueva estación, Mari y Guillermo comenzaron su andadura compartida. Más de medio siglo después, su historia resuena como esas campanas que aquel día anunciaron su unión: solemne, sentimental y luminosa. Como las golondrinas que vuelven cada año, su amor ha sabido regresar siempre al mismo nido, fortalecido por el paso del tiempo y celebrando, con alegría serena, el milagro cotidiano de cincuenta y ocho primaveras compartidas. Arthur Inclán