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María Luisa Canora Rodríguez (Madrid, 1968 – Segovia, 2026). Una mujer que no pasó por la vida, la atravesó. —Esperar —decía—. ¿Esperar a qué? esperar no tiene sentido. Amó la vida sin pedir permiso y la exprimió con una mezcla irresistible de descaro, ternura y magia. Fue alegre incluso en los días torcidos, optimista cuando el destino hacía trampas, divertida por instinto y aventurera por necesidad vital. No sabía vivir en línea recta; lo suyo era el vértigo, la intensidad, el ahora.
Marisa Canora Rodríguez, desde muy joven supo reconocer el brillo auténtico. Estudió Gemología y aprendió a ver diamantes donde otros solo veían piedra. Después se marchó a Londres a perfeccionarse, porque el mundo era demasiado grande como para mirarlo desde una sola ventana. Y viajó, sin mapa y sin miedo. Dubái, México, islas, aeropuertos, carreteras infinitas, sierras y caminos cruzados. Parecía conocer a todo el planeta, o quizá era el planeta el que la reconocía a ella.
Mamáchicho Canora Rodríguez fue el espíritu de los 90 hecho carne. Descaro, erotismo festivo y una alegría tan contagiosa que convertía cada plató en una celebración. Aquella televisión grabada en neón encontró en ella una de sus luces más genuinas: plumas al viento, bikini audaz y sonrisa peligrosa. No solo bailaba: hipnotizaba. Años después, en First Dates, confesó con esa ironía suya lo que de verdad le apetecía: “Que me abdujeran un día, me metieran en una nave, me hicieran lo que fuese y luego bajar”. Y, de algún modo, lo consiguió. Terminó viviendo una vida extraterrestre: distinta, luminosa, fuera de lo común.
Tarot Canora Rodríguez fue clarividente y médium durante más de treinta años. En gabinetes y call centers ofrecía su versión más luminosa. Fue influencer antes de que la palabra existiera. En su canal demostró que el tarot podía ser luz, humor y verdad a la vez. Chispeante y rigurosa, con un don sensitivo natural, leía vibraciones, abría caminos y conversaba con ese otro yo que todos guardamos en silencio. Amor, ansiedad, dudas, futuro, cuerpo, cabeza… La respuesta parecía estar siempre en su próxima tirada.
Poesía Canora Rodríguez, escribía desde la grieta, con un pulso trágico y luminoso a la vez. “Porque yo y no tú… porque yo y no ellos”, repetía, interrogando al destino como quien desafía al cielo. Hablaba de “alegrías grises” y “esperanzas perdidas”, del lamento como consuelo y del tiempo lento y cruel; pero, incluso ahí, buscaba palpar el alma. Para ella la poesía no se rendía al dolor, sino que lo atravesaba hasta encontrar su luz.
Amor Canora Rodríguez, intensamente y sin moderación. De Irlanda, de Rusia, de Kuwait, de Pablo, de Peter… amores con acento hipnótico y alma nómada. El último fue un amor sanador, adulto, verdadero. Y aquí su vida se vuelve susurro. De todo ese amor vivido sin medida, de forma casi misteriosa, surgieron dos ángeles: Mara y Grace. No se explican; se sienten. Eternos, luminosos, presentes más allá del tiempo.
Madre Canora Rodríguez, hija, hermanas, gatas y perros, muchos, demasiados para contarlos sin sonreír. Mujeres y animales recogidos, adoptados, heredados, encontrados o, como ella decía, “enviados por el universo”. También fue nieta ilustre del pintor valenciano, de principios del siglo XX, Manuel Rodríguez Beltrán. Fue hija: “Madre, cómo te extraño, necesito sentirte a mi lado”. Y ahora que no puede oírla, la siente más que nunca.
Kuki Canora Rodríguez, la Kuki, nos encontró en Londres, donde fuimos felices, donde todo ocurrió. Se despidió de este plano en una Segovia en nieves, bajo la presencia silenciosa de la mujer tumbada, de la Sierra de Guadarrama cuya línea dibuja el perfil de una mujer que, al intentar detener una lucha, quedó convertida en montaña. No deja de ser una imagen poderosa para quien también vivió sin miedo el combate contra la enfermedad. Tenía 57 años, aunque la edad nunca supo describirla. Lo suyo no fue un final, sino un cambio de escenario para alguien que jamás dejó de explorar.
Hoy no se la llora. Se la imagina riendo, guiñándonos un ojo y diciendo: “Tranquila, Kuki… todo está fluyendo”. Porque hay personas que no se van: se transforman en energía, se quedan habitando lo invisible. Bruja como era, escribió un 16 de enero, hace siete años: “En globo o a lomo del caballo, a lomo del abismo, galopando me desplazo vertiginosamente hacia un rumbo sin nombre”.
Gracias kuki, continúa volando en lo invisible, guiándonos desde tu luz.

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