:: Juan Nepomuceno Carlos

::me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, aunque en los pueblos los nombres pesan menos que los recuerdos. Crecí oyendo balazos lejanos y viendo morir a los míos antes de aprender a nombrar las cosas. Caminé muchos años sin rumbo fijo. Fui burócrata, agente de migración, viajero de caminos secos. Miré a la gente pasar de un lado a otro como ánimas sin destino. Tomé fotografías para no olvidar los rostros, escribí poco porque el silencio decía más. Comala no fue un lugar: fue una suma de voces que se negaban a desaparecer. Pero el 7 de enero de 1986 desaparecí de veras. Me quedé flotando en las palabras no dichas, en los pueblos donde el tiempo se dobló sobre sí mismo. La muerte fue apenas una puerta.

El tiempo, lo entendí tarde, no avanza: se acumula. Se sienta junto a uno y pesa. Da vueltas como un viento caliente que no refresca. La vida parece entonces una pregunta sin respuesta, un terreno árido donde nada promete crecer. Y sin embargo, en otro tiempo hay otro Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno de 17 años. Vive hacia adentro. Es silencioso y desconfiado de las palabras fáciles. Camina con la mirada baja, como si cuidara algo frágil dentro del pecho, critica lo que no le convence y crea en secreto, como si temiera que el mundo le robara lo que imagina. Hay en él una pequeña claridad, una terquedad suave que le dice que algo vale la pena, aunque no sepa bien qué.

Tal vez por eso no todo es muerte. Porque mientras alguien joven escuche el silencio y se atreva a mirarlo de frente, el tiempo no gana del todo. Yo dejé palabras no dichas. Él dejará palabras reveladas. Y entre esas dos sombras, breves pero persistentes, la vida sigue encontrando cómo decirse. Calber / Arthur Inclán 

imagen::calber | collage - intervención autorretrato de Juan Rulfo1940. 
Foto: Del libro El fotógrafo Juan Rulfo - Editorial RM, 2017.


Y es que allá

el tiempo es muy largo.

Nadie lleva las cuentas de las horas

ni a nadie le preocupa

cómo van amontonándose los años.

Los días comienzan y se acaban.

Luego viene la noche.

Solamente el día y la noche

hasta el día de la muerte,

que para ellos

es una esperanza.


Fragmento de la novela Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo