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:: el chupete

La abuela sabe que las heridas más hondas no siempre sangran. Recuerda una mañana de invierno, mientras la casa olía a guisos y a ropa recién lavada, vio a su nieta con el chupete puesto, aferrada a él como si fuera un pequeño ancla rosado. Deja que vea tu preciosa carita —pensaba la abuela— y con la confianza que da la sangre y el amor sin medida, se inclinó, sonrió y, con suavidad, se lo quitó. —Vamos a guardarlo —dijo—. Tu boca está hecha para besos grandes.

[...] Descubrir que el territorio del cuidado nunca le perteneció.

Aquella noche, la abuela lloró en silencio. No por orgullo, sino por amor. Porque cuando a una solo le queda ser refugio, cuesta aceptar que debe quedarse en el patio, esperando a que la llamen. Recordó un viejo proverbio que decía que, si nada va bien, hay que llamar a la abuela. Y entendió que a veces las abuelas están para amar y arreglar cosas… incluso cuando no las dejan.

Pasaron los días. La herida no desapareció de inmediato, pero se transformó. La niña siguió creciendo. Un día dejó el chupete por sí sola. Otro día, se cayó en el parque y, sin pensarlo, corrió hacia su abuela. Entonces comprendió que los abuelos son, de algún modo, los ángeles discretos de los nietos: no imponen alas, solo las sostienen cuando tiemblan. Y que aunque a veces duela no poder disfrutar de ellos como una quisiera, el amor paciente siempre encuentra su lugar. Y le explica ahora a su nieta, que aquel día del chupete fue una siembra torpe pero sincera. Que las abuelas que crían, cuidan o simplemente esperan, dejan huellas que no siempre se ven en el momento, pero que el corazón guarda para siempre.

Porque el amor de una abuela no se mide por las veces que puede intervenir, sino por las veces que, aun doliendo, elige callar. Y callarse, al final, es la forma más profunda de amar. Los abuelos dejan huellas en el corazón de sus nietos.

Fuente: Cuentos ocultos de Europa del Este (Antonia Barber, Paul Hess, Shena Guild) Una antología que incluye cuentos de Rusia, Eslovenia, entre otros, versionados con un estilo elegante y fresco. Son cuentos tradicionales, poco conocidos, recopilados entre 1855 y 1928, que destacan por sus valores.

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:: pitágoras y luminón

imagen:: calber - (fragmento) La escuela de Atenas. Rafael Sanzio. 1509–1511. Fresco, Renacimiento italiano. Stanza della Segnatura, Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano. 


::allí donde los iniciados exploran no solo los números sino las señales, Pitágoras observó largamente a uno de sus discípulos amigos: Luminón. El maestro, célebre por haber formulado el teorema que unía para siempre geometría y cadencia, veía en él un reflejo vivo de sus propias paradojas: carisma y misterio, poder y duda.
—Tú has venido a iniciar caminos —le dijo Pitágoras—. Tu energía se adelanta a los demás, empuja, siembra ideas como quien abre senderos nuevos. Los otros te siguen sin que impongas, porque tu ejemplo convence. Pero cuida —añadió con voz grave—: cuando olvidas tu propio centro, puedes hacer que los demás dependan de ti… o depender tú de su mirada.
Luminón escuchaba en silencio. Por fuera, era curioso, poco amigo de rutinas, capaz de liderar proyectos y personas con entusiasmo casi infantil. Por dentro, sin embargo, vivía retirado en una cueva mental: su alma buscaba comprenderlo todo, desentrañar la verdad, observar antes de actuar. Esa mente brillante, analítica y espiritual lo hacía justo y leal, pero también podía encerrarlo en sombras mentales, culpas heredadas y un miedo persistente a no ser comprendido.
Pitágoras sonrió, como quien ve una figura geométrica incompleta.
—Tu poder es real —continuó—. La abundancia puede fluir a través de ti si te disciplinas y confías. Estás llamado a aceptar ayuda para ayudar a otros. Pero hay en ti un niño: cuando juega, crea y contagia alegría; cuando se hiere, se dispersa o se esconde. Escúchalo sin dejar que gobierne.
El maestro sabía que Luminón traía dones de nacimiento: la palabra que reúne, la capacidad de crear familia más allá de la sangre, el impulso de proteger y servir a la comunidad. En tiempos de crisis, era firme; en la vida cotidiana, amoroso y entregado. Sin embargo, su misión era aún mayor: elevar la conciencia colectiva, enseñar, construir vínculos duraderos y manifestar con cuidado aquello que nombraba, pues su voz tenía fuerza creadora.
—No has venido a brillar solo —concluyó Pitágoras—, sino a unir. No al aislamiento, sino a la comunidad. Comparte lo que sabes, medita para aquietar la mente, pon límites a tu dar y camina acompañado. Así tu destino encontrará proporción, como todo lo verdadero.
Esa noche, mientras las estrellas trazaban teoremas y reencantamientos, Luminón comprendió que su vida, como los números, pedía equilibrio: entre liderazgo y humildad, entre soledad y encuentro, entre pensar y vivir. Arthur Inclan / calber / TGG-JC

:: virtud

«Había una vez un niño, que poseía unas alas pequeñas y brillantes, como si hubieran sido tejidas con hilos de arcoíris. Vivía en un mundo donde la fantasía y la realidad a menudo se entrelazaban, pero también donde la lucha por sobrevivir podía apagar incluso las llamas más brillantes de la imaginación. Una noche, mientras exploraba un bosque denso y misterioso, encontró una criatura enorme, un animal gigante que parecía hecho de sombras. En su interior, llevaba una máscara antigua, sin saberlo, al abrirla, liberó una fuerza oculta que hizo que el animal se levantara con un rugido ensordecedor. El niño, con su espíritu lleno de sueños, decidió enfrentarse a la bestia en una batalla entre dos mundos: la fantasía que le otorgaba alas y esperanza, y la dura realidad que le exigía buscar seguridad. El niño supo que la máscara dentro del animal simbolizaba los secretos que todos escondemos para proteger lo que amamos. Con una sonrisa, decidió no destruir a la criatura, sino comprender sus miedos y su dolor. La bestia, confrontada por la pureza, empezó a relajarse, dejando caer la máscara y revelando un rostro cansado, pero noble. Al final, el artista niño aprendió que el poder de la fantasía no está en escapar de la realidad, sino en encontrar en ella la fuerza para seguir soñando. La bestia, símbolo de las dificultades, se convirtió en su aliado, recordándole que la verdadera victoria reside en mantener intacto nuestro espíritu, incluso en los momentos más duros. Y así, triunfó la virtud: la capacidad de soñar y luchar por un mundo mejor, sin dejarse vencer por las sombras de la necesidad.» Arturo Inclán
imagen::frodo

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Frodo García-Conde: Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, su trabajo abarca desde la pintura y el grabado a la fotografía y la dirección de fotografía. En 2008 cofunda la productora Dedo gordo en la que desarrolla su función como director de fotografía y fotógrafo, rodando varios documentales en diferentes países e iniciando así un periodo más centrado en la producción cinematográfica. 
 
Sus proyectos como fotógrafo de películas se han podido ver en diferentes salas y festivales, como el Festival Internacional de San Sebastián, Festival Internacional de Cine en Guadalajara FICG 35, Festival de cine documental DOCSMEX, Documenta Madrid, CEME DOC, Miradas Doc, 25E Traces de Vie /Rencontres du film documentaire Clermont-Ferrand, Festival internacional de cine de Alcalá de Henares o el Festival de cine de Málaga, y han recibido numerosos premios, entre ellos Miradas Doc Premio Canal +, 24ª Edición Festival de Cine de Madrid PNR (mejor corto) España, 66ª Montecatini International Short Film Festival (mejor corto documental) Italia.
 
En la actualidad, compagina su trabajo más personal con la labor de profesor de dirección de fotografía en la Universidad de Navarra. Claros en mis noches supone una vuelta a sus orígenes como artista plástico con una mirada forjada como fotógrafo de cine documental.

:: canguro II

Spain en el corazón de melón

Había una vez una pequeña canguro llamada Domi que soñaba con viajar más allá de las llanuras y bosques donde creció. Desde pequeño, su abuela Visi le contaba historias de los confines del planeta, donde los horizontes se funden con el cielo y los secretos solo los viajeros valientes descubren. Un día, lleno de curiosidad, Domi decidió partir para explorar esos límites. Se despidió de su familia y saltó entre montañas y ríos, guiado por las estrellas y el telescopio de su amigo Guille . En el camino, conoció criaturas distintas que compartían el deseo de explorar, soñar y crear. 

Llegó a Australia, un lugar donde la tierra parecía tocar el cielo y vio un árbol antiguo cuyas raíces y ramas conectaban historias de generaciones pasadas, reflejo de su familia y de todas las familias del mundo, unidas por un origen común. Tras días de exploración, Domi entendió que viajar no solo era físico, sino también un viaje hacia uno mismo y sus raíces. La naturaleza y las historias le enseñaron que en el corazón de cada ser hay una chispa de creatividad capaz de transformar el mundo y volver a casa con nuevas ideas. La creatividad no se agota, cuanto más la uses más tendrás. 

Al cabo de dos años, regresó a su hogar, más sabia y llena de historias. Su viaje le mostró que, aunque los límites parecen distantes, todos estamos conectados por un tronco común de vida, historia y creatividad. Desde entonces, compartió sus descubrimientos, recordando que la verdadera aventura empieza en nuestro interior y que el viaje más importante es entender quiénes somos y de dónde venimos. Arthur Inclán
imagen::calber -  Marcha: 26/11/23 - Regreso 06/05/25 - Encuentro 14/05/25 Pradera

:: canguro

imagen::calber -  Marcha: 26/11/23 
El canto del viejo canguro

Llena la boca la canción 
de la carrera que hizo un cangurón, 
que corrió, hazaña singular, de un tirón.
La salida en Warrigaborrigarooma el gran dios Ngong dio, 
primero el viejo canguro, después perro-amarillo dingo salió. 
El canguro voló saltando, 
las patas traseras como pistones usando. 
De la mañana a la noche saltó, 
ocho metros por salto. 
Perro-amarillo dingo se quedó 
cual amarilla nube lejana, 
tan atareado que no ladró. 
¡Cielos! toda la distancia hicieron. 
Nadie sabe adónde fueron, 
nadie siguió la ruta que hicieron, 
pues a aquel continente 
nadie le había dado nombre. 
Corrieron treinta grados 
desde Torres Straits a Leeuwin 
(mira el atlas, haz el favor) 
Y allí volvieron cuando llegaron.
Suponiendo que trotaras 
desde Adelaida hasta el Pacífico, 
una tarde corriendo, 
la mitad de lo que esos caballeros hicieron, 
bastante acalorado te sentirías, 
pero qué fabulosas piernas conseguirías. 
Sí, mi importuno niño, 
un chico maravilloso serías.

"El canto del viejo canguro" es un cuento corto, uno de los cuentos Just so de Rudyard Kipling. La historia fue contada por primera vez en voz alta por el autor a su hija Josephine como parte de su tradición oral. Luego fue escrita y publicada por primera vez en Ladies´Home Journal en junio de 1900. Trata sobre un canguro vanidoso que pide a tres dioses que lo hagan diferente de los demás animales y codiciado. Dos de ellos, el dios menor Nqa y el dios medio Nquing, se niegan, y solo el tercero, el dios mayor Nqong, acepta. El resultado es que el dingo perro amarillo intenta atrapar canguros por toda Australia, explicando así cómo los canguros adquirieron patas fuertes.
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:: el futuro de N

El tutor de 6º de Educación Primaria, utiliza los cuentos como recurso didáctico en el aula. Durante el curso elabora un cuento a cada uno de sus veinticinco alumnos, aprovechando los contenidos de las distintas asignaturas. En esta ocasión el cuento hace referencia a las Ciencias Sociales. El futuro de la Tierra y del universo. Los fenómenos físicos relacionados con la Tierra y el universo y su repercusión en la vida diaria y en el entorno. La exploración espacial y la observación del cielo; la contaminación lumínica. 

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EL FUTURO DE N Y DEL UNIVERSO
 
        La alumna N ha cumplido hoy 12 años, está a punto de terminar Primaria y al soplar las velas y pedir un deseo le ha dado por pensar en el universo. Surgió hace unos 15.000 millones de años a partir de una enorme explosión, el Big Bang, que liberó la materia y energía contenida en una masa, que por condensación acabó convirtiéndose en galaxias. Ha venido a pasar su cumple al pueblo de sus abuelos, le gusta más que Madrid. En la capital toda la luz se escapa al firmamento desde zonas iluminadas y se dispersa en la atmósfera terrestre. En la ciudad hay contaminación lumínica, el cielo brilla celeste y oculta con su potencia las estrellas. Para contribuir a la mejora del planeta, la alumna N quiere ir a la universidad y ser astrofísica, le ha dicho su profe que es uno de los oficios más antiguos. La astronomía surge cuando la humanidad dejó de ser nómada para convertirse en sedentaria, rápidamente empezó a interesarse por los astros. Los astrólogos imaginaban que las constelaciones podían influir en la vida cotidiana. 
 
        Como la alumna N vino al mundo un 29 de abril su zodiaco es Taurus. En un libro que le ha regalado su tío sobre mitología, ha descubierto que eso significa que ha nacido bajo ese signo. Cuenta una leyenda que Zeus se enamoró perdidamente de una princesa fenicia llamada Europa y decidió conquistarla. Para conseguir su propósito se transformó en un toro blanco, la muchacha se agarró a sus cuernos y juntos se adentraron en el mar hasta la Isla de Creta. Con el tiempo se convirtió en reina y tuvo tres hijos, uno de ellos fue el minotauro y da nombre a la constelación. A la alumna N le encantan estas historias, habita aún la ingravidez, sus compañeros le dicen: “se nota que eres muy tauro” y es que la generación Z está muy puesta en el horóscopo, toda su clase está hiperconectada con las redes y enganchados a las aplicaciones sobre cartas astrales. El sistema está basado en la división en doce partes iguales de la banda celeste sobre la cual trazan sus trayectorias el Sol, la Luna, y los planetas, avanzando un sector por cada mes del año. Cada uno contiene la constelación tradicional a la que debe su nombre. En griego antiguo se llamaba “rueda de los animales”. Google Analytics tiene muchas teorías que explican porque esta herramienta de identificación sigue funcionando.
 
        La alumna N mira el cielo de color lechoso, plagado de pequeñas luces. Como es Tauro, le gustan las cosas bellas, el arte, la música. Le encantan la paz y la tranquilidad. Quizá les pase a todos los adolescentes de ahora, que viven en el metaverso, constantemente buscando aprobación, likes, corazones y followers; los retos del mundo actual. La astrología y los algoritmos son abstracciones en las que la nueva sociedad delega el devenir de sus vidas. Es increíble, como se pasa de lo microscópico: el crepitar de unas velas de cumpleaños, a la inmensidad del cosmos y las galaxias. Se estima que existen más de 100.000 millones en el universo observable. Solo, una de ellas es la vía Láctea, una galaxia espiral que contiene unos 400.000 millones de estrellas. Dentro está el sistema solar, en torno al Sol gira el planeta Tierra y a la vez, en el centro del mundo, en el patio de un pueblo, de un país al sur de un continente llamado Europa hay una niña pensativa, la alumna N, que vuelve a pedir un deseo, mientras del cielo se desprende una estrella fugaz. 

:: peces dorados

Érase una vez un pescador anciano que vivía con su también anciana esposa en una triste y pobre cabaña junto al mar. Durante 33 años, el anciano se dedicó a pescar con una red y su mujer hilaba y tejía. Eran muy pero que muy pobres.
 
Un día, se fue a pescar y volvió con la red llena de barro y algas. La siguiente vez, su red se llenó de hierbas del mar. Pero la tercera vez pescó un pequeño pececito. Pero no era un pececito normal, era dorado. 
 
De repente, el pez le dijo con voz humana: “Anciano, devuélveme al mar, te daré lo que tú desees por caro que sea”. Asombrado, el pescador se asustó. En sus 33 años de pescador, nunca un pez le había hablado. Entonces le dijo con voz cariñosa: “¡Dios esté contigo, pececito dorado! Tus riquezas no me hacen falta, vuelve a tu mar azul y pasea libremente por la inmensidad”.
 
Cuando volvió a casa, le contó a la anciana el milagro: que había pescado un pez dorado que hablaba y que le había ofrecido riquezas a cambio de su libertad. Pero que no fue capaz de pedirle nada y lo devolvió al mar. La anciana se enfadó y le dijo: “¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¿No supiste qué pedirle al pescado? ¡Dale este balde para lavar la ropa, está roto!”
 
Así, se volvió al mar y miró. El mar estaba tranquilo aunque las pequeñas olas jugueteaban. Empezó a llamar al pez que nadó hasta su lado y con mucho respeto le dijo: “¿Qué quieres, anciano?” “Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado. No me da descanso. Ella necesita un nuevo balde porque el nuestro está roto”. El pez dorado contestó: “No te preocupes, ve con Dios, tendrás un balde nuevo”.
 
Volvió el pescador con su mujer y ella le gritó: “¡Loco, desgraciado! ¡Pediste, tonto, un balde! Del balde no se puede sacar ningún beneficio. Regresa, tonto, pídele al pez una isbá. Así volvió el viejo al mar y éste estaba revuelto. Llamó de nuevo al pez y éste le preguntó: ¿Qué quieres, anciano?” “Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado aún más. No me da descanso. La anciana amargada pide una isbá”.  El pez dorado contestó: “No te preocupes, ve con Dios, tendrás una isbá”. 
 
Cuando volvió, se encontró a la anciana sentada en una piedra y, a sus espaldas, había una maravillosa isbá con chimenea de ladrillo y un gran portón. No quedaba rastro de la cabaña de madera. “¡Estás loco!  Desgraciado!” volvió a gritarle  la anciana. “No quiero vivir como una pobre campesina, quiero ser de clase media”. De nuevo, volvió al mar a buscar al pez. El mar no estaba en absoluto tranquilo.   Llamó al pez y esté le dijo: “¿Qué   quieres, anciano?” “Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado nuevamente. No me da descanso. Ella quiere dejar de ser campesina, quiere ser de clase media”. “No te preocupes, anciano. Ve con Dios”.
 
Cuando volvió, vio a su esposa ataviada con ropas caras, un collar de perlas, botas rojas y una corona. Tenía criados a los que azotaba continuamente. El  viejo  le dijo: “¡Buenos días, noble señora!  ¡Estarás ahora contenta!” Pero ella ni lo miró y lo hizo llevar a las cuadras. Volvió a obligarle a ir al mar por la  fuerza. Incluso llegó a pegarle en la cara. Ya no quería ser de clase de media y le dijo que le pidiera al pescado que le convirtiera en zarina. Eso hizo el anciano. 
 
Volvió al mar, que estaba de color negro y agitado y le pidió al pez lo que su anciana mujer le había solicitado.Cuando volvió a la aldea, su mujer estaba sentada en una gran mesa llena de manjares y servida por infinidad de criados. Detrás había soldados con hachas que vigilaban su seguridad. El viejo hizo una reverencia y le dijo: “¡Buenas, Su Alteza Zarina!” y ella lo hizo sacar de allí a palos y casi le dan con las hachas.
 
Esa semana la anciana hizo llamar de nuevo. Le dijo que quería ser la dueña del mar y poseer incluso al pez mágico. Lo mandó de vuelta al mar para que cumpliera con sus deseos. El anciano le dijo al pez que su mujer quería ser la dueña de todo, vivir en el mar y por supuesto, poseerlo a él. 
 

El mar estaba absolutamente revuelto. Había una tormenta con olas tremendamente grandes y daba miedo acercarse. El pez le salpicó con la cola y no dijo nada.De repente, el anciano se encontró en su barca pescando con su vieja red. En la orilla, su anciana y amargada mujer estaba sentada frente a la casucha en la que habían vivido siempre. A sus pies, estaba el balde roto

"El pescador y el pez dorado" - Alexander Pushkin -

::cada buen cuento tiene su moraleja, este es un cuento real de peces dorados que se convierten en globos en forma de corazón. En un fin de semana largo de cierre perimetral el mar es un estanque lleno de nubes, la cabaña se transforma en dehesa, el campo es un vega escondida a los ojos de la memoria, un coto privado de pesca. Pasamos tres días de aventuras, de toque de queda y pececillos en el sombrero. Hay submarinistas en el arroyo que buscan ánforas y damajuanas. El balde es una fuente rota que vive en un parque en el que nace un arcoiris y las carrozas compiten en la pista de bumper cars. En este relato corto ocurren todo tipo de acontecimientos mágicos, los animalillos acuáticos se vuelven limas y limones, las grandes olivas estatuas, los guardas de la finca ángeles y cometas. En esta historia encantada el pescador es un duque griego que vive en una tienda de campaña, la zarina se disfraza de hada a la que pedimos deseos y la reina madre come pistachos en su jardín. En la pecera nos ha crecido un limonero, lo rodeamos sin cesar buscando la infancia, a cada vuelta, en cada excursión los recuerdos nos devuelven el sentido de la vida y el virus por unas horas se convierte en un cuento chino.


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:: La noche boca arriba

La noche del  21 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno, se produjo la “gran conjunción”.  Júpiter y Saturno, se vieron tan cerca, que parecían una sola estrella en el cielo. La llaman "Estrella de Navidad”.  Los dos gigantes gaseosos no habían estado tan próximos desde hace 400 años. Cada 20 años Júpiter alcanza a Saturno en su carrera alrededor del Sol, visto desde la Tierra. En ese momento, los tres planetas se alinean. Y han pasado casi 800 años desde que esta conjunción se produjera por la noche. Un espectáculo que se volverá a repetir en el 2080.

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«La noche boca arriba» es un cuento de Julio Cortázar. Apareció en "Final del juego" publicado en 1955 —primera edición en México— y posteriormente en 1964 —segunda edición aumentada. La narración está incluida en la tercera parte del libro.  

Una idea de José María Pérez-Muelas: "Contra Rayuela, libros que envejecen"

imagen::NASA


«La noche boca arriba»

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que solo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las ESTRELLAS y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba,

:: catalina

Hay un hada en la casa con hambre de leche y futuro,
duerme todo el día, y el sueño nutre a una familia.   
Su cabeza está en Siena, la humanidad en la cuna,
sigue con la mirada los sonidos que mecen el cuento.

*extracto de <“el cuento” de carlos sánchez alberto>

imagen::calber and noelia

::tengo un sueño convertido en poema: pintar un fresco. “Catalina se corta los largos capellos”, 1896. De Alessandro Franchi y Gaetano Marinelli. Se encuentra en el “oratorio-della-camera” del Santuario de Santa Catalina. Nació en Siena en 1347, era la vigésimo cuarta de 25 hermanos. Con cinco años tuvo su primera aparición. Ingresó en la Orden de los Domincos. Entregó su bondad a los pobres a quienes cuidó en las epidemias de peste negra. Llegó a ser consejera de príncipes. Aun siendo analfabeta, escribió el conocido “Diálogo de la divina providencia” donde recogió sus experiencias místicas. Fue una de las mujeres más ilustres de la Edad Media. Es patrona de Europa e Italia y doctora de la Iglesia.

::tengo un sueño convertido en poema: viajar a Siena con mi sobrina para vivir una aventura maravillosa, y visitar la casa, situada en Fontebranda y sentir el latido del corazón: “Se encerró en su estancia, y se construyó en lo íntimo del alma una celda espiritual. Catalina no tenía nada, no era nada. Su nuevo cuerpo no estaba regulado por el orden biológico, funcionaba según las disposiciones del Absoluto. Conseguía capacidades extraordinarias como la levitación, la invulnerabilidad al fuego, el don de hacer milagros. Su alma sobrepasó los confines del cuerpo durante los éxtasis, para después volver a entrar en él y salir por los caminos del mundo.

::tengo un sueño convertido en poema: El origen de la humanidad en la cuna, nació un 29 de Abril, día de Santa Catalina de Siena, hace ahora nueve años y con ese hilo se han ido tejiendo los retales que ahora intento recomponer. Hay que tener cuidado con lo que se sueñan, con las imágenes que nacen en los poemas: un hada, unos estigmas, una ciudad, una sala, un fresco, un pintor, una celebración. Hay también un juego de una pintura dentro de otra: “felicidades natalia, te regalo el dibujo que hicimos juntos, te quiero mucho”. Lo terminé para tu cumpleaños, es una fiesta con un pastel como un roscón coronado de guindas y velas de colores, un peine, caramelos, bolitas de anís, peras en dulce, pimienta y sal, manzanilla, una vela para el “happy day”, una jarra de mar, tortillas con sirope, zarzamora, y dos  adivinanzas: ¿quién es la niña que aparece peinándose la melena? ¿quién es la niña que sigue con la mirada los sonidos que mecen el cuento?

:: jirafas

imagen:sejoyliatana

Había una vez una jirafita muy simpática llamada Liatana. Ella quería tener muchos amigos pero todos los animales del lugar se asustaban cuando la veían pasar como una gran montaña. No viajaba a otros continentes ni en vacaciones o puentes y no hacía más que discutir con Sejo, su compañero de apartamento. Por ello se sentía muy solita. Debajo de un árbol pasaba el día triste, porque además se le había estropeado la tv y no paraba de llorar, por lo que formó un gran lago. 

Un día Sejo sediento y despistado se acerco a beber agua del lago e intentó consolarla:
- Liatana ¿Qué sucede que estas llorando?
- Lloro porque no tengo amigos, se ha estropeado la tv y tú no me haces caso.
Y fue ahí cuando se escucho un toque en la puerta. Era el vecino Manger que colgaba de la punta de una palmera. Liatana sin dudarlo y dejando la tristeza de lado salió a ver que pasaba. A él tampoco le funcionaba la tele y lo mismo le pasaba a los otros animalitos del bloque. 

Ella se preocupó de llamar al administrador y al seguro para que vinieran rápidamente a reparar la antena. Todos los animalitos, muy contentos aplaudieron y felicitaron a Liatana, también Sejo estaba muy orgulloso de ella. Así su vida cambio, todos los animales la invitaron a jugar y a ver series y películas, y la jirafa simpática gracias a su espíritu emprendedor cumplió su sueño de tener muchos amigos y de llevarse bien con Sejo.


FIN